Dentro de mis primeras anotaciones estando instalado en la Casa del Maestro, situada enseguida del aula escolar, escribí el jueves 24 de septiembre de 1970, lo siguiente:
“…Tengo mucha hambre, no tengo aliento para hacer nada. Me sentí un poco triste; he extrañado mucho mi casa: veinte centavos es todo mi capital. Se me acaban mis últimas velas; aquí no hay luz eléctrica; ni los moradores del poblado de Batopilas, que es la cabecera municipal, cuentan con este servicio, menos aquí. No existe el drenaje sanitario, ni red de agua potable, ni tiendas, ni oficinas oficiales de ningún tipo: la escuela primaria en ruinas y yo somos la parte visible del gobierno federal y eso porque pude llegar hasta aquí y porque el edificio escolar aún no se derrumba. Las termitas ya han consumido la celulosa de los marcos de las puertas, dejando solamente intactas las partes visibles de las maderas. Aquí no hay nada de nada; es una comunidad sumamente incomunicada, rezagada y marginada. Nunca había visto personas tan marginadas socialmente como las de esta comunidad. La lejanía y la soledad en esta región se sienten, se respiran y se viven. Pienso en la posibilidad de impartir clases nocturnas para los adultos debido a que la mayoría no sabe leer ni escribir y así seguiría teniendo compañía en las últimas horas del día, porque desde el lunes 21 se septiembre que llegué a la Misión de Satevó, las noches se me han hecho eternas: más de lo normal. Hoy llovió mucho y al anochecer se oyen muchos chillidos de murciélagos que revolotean por cientos en el cielo de esta comunidad. Lo único que me consuela y que no me hace sentir tan sólo es que me asomo por una de las tres pequeñas ventanas que tiene este cuarto en diferentes puntos cardinales, por la que se divisa el oriente y a lo lejos, alcanzo a distinguir una que otra vivienda medio alumbrada debido a las luces opacas y tenues de sus velas o aparatos de petróleo o cachimbas, con las cuales se han alumbrado estos moradores desde que nacieron, ya que la mayoría no ha salido de esta región ni ha conocido mundo. La noche es como “boca de lobo”,es un gran monstruo que amenaza con devorarse la luz de esta comunidad…”.
“…De verdad: las estrellas parecen estar demasiado lejos de mi vista; dejo de asomarme por esta pequeña ventana y volteo al resto del espacio que ocupa mi cuarto y lo observo aún más oscuro que hace un rato. Creo, que en este lugar, conforme avanza la noche ésta se vuelve más oscura y amenaza con envolver todo a su alrededor. Las noches sin Luna Llena las sentiré muy largas y con demasiada oscuridad: como dije, hasta a las estrellas las veo más opacas; esa es mi impresión por ahora y ojalá que cambie esta forma de pensar por el bien de mi estancia en esta comunidad de la Barranca de Batopilas. De vez en cuando oigo algunos ladridos, como si los perros se escondieran de la noche para no ser presos de la oscuridad; ladran como si tuvieran miedo (yo si tengo) y sus ladridos son escasos y lentos, hasta de poco volumen: son los perros guardianes de los rebaños de cabras que durante el día, en los escarpados montes que rodean a la Misión de Satevó, cuidan a estos animales domésticos de depredadores o de ladrones ocasionales, como si supieran que es el único patrimonio de sus amos; saben estos caninos que en premio a su lealtad, por las tardes, cuando ya regresen con los rebaños a los pequeños corrales de la comunidad, recibirán de sus amos el agradecimiento y alimento que consiste en la mayoría de las veces en masa de maíz disuelta en agua, algo así como un espeso atole frío. Durante las noches estos canes siguen brindando el mismo servicio; sin embargo, la oscuridad parece menguarles su valentía, y tal vez quisieran ser protegidos por alguna fuerza superior a sus colmillos ya que durante la noche es cuando aparecen fieras como el puma, el gato montés y otros depredadores que han dado cuenta de chivas, gallinas, burros y hasta…de perros. Por eso es que estos canes saben que la oscuridad es un “gigante peligroso”, de descomunales dimensiones; sus amos les tienen encomendados los cuidados de sus rebaños también durante la noche y mientras los rumiantes descansan echados en los corrales y mueven rítmicamente los cencerros, estos canes se dedican a soportar la incomodidad de su trabajo, ladrando a todo cuanto se mueva y que consideren extraño o de inminente peligro…”.
“…Todo esto lo pienso mientras observo la luz tenue de las humildes viviendas lejanas, ubicadas del otro lado del río y reflexiono que en estas apartadas comunidades nunca deberían caer las noches, por que toda la exuberante y verde vegetación de la Barranca de Batopilas, se transforma en un fantasma de fresco olor a hierba que recorre el profundo y extenso cañón del Río Batopilas en sentido contrario al ruidoso y constante caudal. En esta clase de noches uno se siente indefenso y desea a veces no moverse o respirar para no correr algún peligro, real o imaginario. Este temor aumenta cuando se es consciente de la extrema fragilidad física y espiritual y del total desconocimiento de este medio geográfico, desconocido para la mayoría de los chihuahuenses. Los moradores no caminan por la noche en los atajos, veredas y “camino real” que comunican a las comunidades de esta región por que saben que algo hay de cierto en mis temores. Sigo pensado en mil cosas mientras observo la oscuridad del exterior, las opacas estrellas y a las luces tenues de las humildes viviendas. Esta pequeña ventana desde donde miro este escenario nocturno es la que señala la dirección donde se halla el Río Batopilas, a escasos metros de la Casa del Maestro. Mirando al sur, en el día distingo, cuando me asomo al “camino real”, en todo su esplendor a la majestuosa obra arquitectónica que constituye el templo colonial de la Misión de Satevó con su única torre, cúpulas y nave colosal, pero en este momento hago de cuenta que no existe: de tan oscura que está la noche no percibo su silueta o estructura: hago de cuenta que no existe…".
“…Noches frías y oscuras, noches largas que no acaban y cuya oscuridad invade todo mi ser menos la luz de mis pensamientos y los sueños de claridad de mil estrellas. Por eso no quisiera morir para no enfrentarme a la noche de la oscuridad eterna, a esa oscuridad total: a esa noche de las noches, a la Señora de las Tinieblas, que será nuestra compañera inseparable para siempre; en esa noche de tinieblas de total oscuridad en donde quisiéramos al menos ver encendido un fósforo. Por fortuna pronto saldrá del Sol, y de eso le doy gracias al Creador del Universo, que también hizo la contraparte de las tinieblas. Y pensar que en julio del año pasado (1969), el hombre llegó a la Luna. Vi la crónica en la televisión que transmitió Jacobo Zabludovsky y México organizó los Juegos Olímpicos de 1968, a pesar de la existencia de mexicanos que viven en condiciones miserables, alumbrándose con velas, comiendo lo que sea y vistiendo harapos como en los albores de las grandes civilizaciones; desde esta ventana, donde he permanecido observando y meditando me pregunto si en el SIGLO XVIII, cuando los misioneros jesuitas construyeron este templo con la ayuda de los indígenas: ¿Así serían, desde entonces, de eternas, oscuras y tristes las noches aquí en la Misión de Satevó?...”.
Por: ROMÁN CORRAL SANDOVAL
El escritor chihuahuense Roman Corral Sandoval tubo a bien el enviarme algunos fragmentos de su Diario personal el cual sirvió como base del libro "RUMBO A BATOPILAS. MEMORIAS DE UN MAESTRO RURAL"
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