todavía vi como lo envolvían en ese petate y lo subían en una maltrecha carreta donde transportaban a los muertos, sentí cada rechinido de las ruedas al alejarse de esa cueva, decidí no derramar ni una lágrima por aquel hombre, a pesar de mi niñez, sabía que no podía salir de ese lugar, pues los sardos seguramente seguían buscando con quien saciar su sed de sangre y créeme ellos no distinguían entre mujeres, niños y hombres, luego de un par de días salí de la cueva, el camino estaba teñido de sangre, cerré los ojos para no ver los cadáveres que habían dejado atrás ambos bandos, al llegar a la estación ojitos, descubrí que aquel lugar estaba completamente abandonado, no tenía a donde ir, me quede ahí durante días, semanas, meses, me alimente de algunas provisiones que nunca fueron recogidas, las primeras semanas fueron sencillas, las extrañas lluvias de aquel Febrero ayudaron bastante, sin embargo, aquello de lo que me alimentaba comenzó a entrar en descomposición, ya no sabía que era mejor, morir de hambre o alimentarme y soportar aquel desagradable sabor, poco a poco fui perdiendo energía, me quede dormido, desperté en un catre sumamente sencillo, armado con unas cuantas varas y tejido con fibras que los Tepehuanes extraían de los magueyes que abundaban en la zona, el cuarto tenía una marcada forma circular, era notorio que cada piedra era cuidadosamente seleccionada y colocada en su lugar, pues encajaban de manera casi perfecta, el techo tenía una marcada precariedad, se trataba de un frágil armazón de madera, cubierto con abundante carrizo, en la entrada descansaba toda la construcción sobre tres gruesos troncos artesanalmente colocados, en lugar de puerta se observaba el continuo vaivén de un ayate tejido completamente con pita, de repente escuche la voz de una mujer, pero no entendía lo que decía, todo el mundo me llamaba konetl, eran amables conmigo pero percibía que se sentían incómodos con mi presencia, después de unos días, tome la decisión de escapar de ese lugar, encontré unas vías cercanas al poblado, las seguí durante días, no estaba seguro hacia donde iba, tenía tanta sed que sentía que las piernas me fallaban, nuevamente caí desmallado, pero el ruido de una locomotora acercándose me despertó, aquella monstruosa maquina se detuvo justo enfrente de mí, de su interior bajaron tres hombres cargando algunas cantimploras, me pareció muy extraño, así que comencé a seguirlos, gracias a mi pequeño cuerpo, no se habían percatado de mi presencia, apenas diez minutos de caminata y ante mis ojos, apareció un esplendido río de aguas tan limpias y frescas como las del oleaje de esta playa, la única diferencia es que aquellas eran dulces, corrí y sin pensarlo dos veces salte al agua… hey child, decían esos hombres, uno de ellos me tomo del brazo y me saco del agua… Mr. Jhon, era un periodista Estadounidense que había llegado a cubrir las noticias de la guerra civil Mexicana, así es como él le llamaba a la revolución, me dio ropa, comida y techo durante casi un año, también me enseño a hablar su idioma, cuando somos pequeños resulta tan fácil aprenderlo todo, Mr. Jhon busco desesperadamente a Huerta por toda la zona norte del país pues sabía que don Victoriano era el general en jefe de la tropas insurgentes del norte sin embargo, cada vez que lograba encontrar un grupo insurgente, siempre respondían lo mismo; si busca a mi general, está en la capital, lo guardaron un rato, pero no fue por gusto, no, lo obligaron, mi general Villa les salió muy bravo, después de escucharlo tantas veces, tomo la decisión de ir en busca de Villa, yo suponía que me llevaría con él, pero no fue así, comenzamos el viaje juntos pero al llegar a Guadalajara
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